Al analizar el pecado capital de la avaricia, el obispo Munilla indica que el problema no son los bienes en sí mismos, sino cuando estos dejan de servir al amor y esclavizan el corazón. Para sanar la avaricia, se nos invita a trabajar la generosidad, que nace de una memoria agradecida y humilde, y a pedir el Espíritu Santo que nos conceda el don de consejo, el cual nos ayuda a discernir cuándo usar o renunciar a los bienes para amar más a Dios y servir al bien común.
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Tras el Éxodo, el libro de Números narra el camino del pueblo de Israel desde el Monte Sinaí hasta Moab, marcado por las rebeliones de este y la fidelidad de Dios. Así, Moisés prepara a la nueva generación de israelitas para la entrada en la tierra prometida. De esta manera, el Deuteronomio recoge las leyes que constituyen los términos del pacto entre Dios y su pueblo, culminando con la muerte de Moisés.
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